Crítica
7 marzo, 2016
Dogchild
El sueño quebrado

Dogchild

por Luis García

Mi nombre es Tarao, soy un mestizo entre pastor belga y podenco andaluz que se encuentra en el último tercio de su existencia, aunque por aquel entonces disfrutaba de mi mejor momento. Tenía cinco espléndidos años, tal era mi actividad que parecía que estuviese compuesto enteramente de energía y vitalidad. La mayor parte de mi jornada consistía en correr, saltar, jugar y entrenar al lado de mi inseparable amigo, que no dueño, el joven Tarpak. Ambos formábamos un equipo maravilloso, nos entendíamos a la perfección, tanto que él era capaz de comunicarse conmigo a través del idioma de signos. Éramos felices entrenando en el parque infantil situado cerca de nuestra residencia, donde por un lado él se dedicaba a mejorar su parkour perfeccionando movimientos del arte del desplazamiento como landing, wallrun, roll o cat mientras yo me ejercitaba “cazando” cualquier objetivo que me marcase —a veces Tarpak me lanzaba nuestra bola de goma para que fuese tras de ella— o mejorando el notable olfato que ya tenía, siguiendo los rastros que bailaban al ritmo de las brisas, sin importarme cuán lejos se encontrasen.

Esos éramos nosotros, un humilde pero peculiar equipo que llamó la atención de la opinión pública, atraídos por el magnetismo de una pareja tan dispar que representaba valores tan puros como el respeto, la integración o el amor. Un dúo formado por un humano y un perro que pretendían ser protagonistas al mismo nivel. Por ello recibimos admiración y reconocimiento, fortaleciendo nuestra relación e impulsando nuestra progresión. Nació en nosotros el deseo de ser famosos para poder aportar nuestro grano de arena en la lucha por los derechos de los animales y de los seres vivos en general. Nuestra oportunidad llegó cuando una mañana, mientras cumplíamos la rutina diaria en nuestro parque de entrenamiento, mi olfato detectó aquel repugnante olor, y tras él, el veneno que se hallaba repartido por la zona, sin más objetivo que el de capturar a todos los perros que quedasen aturdidos por la ingesta de la ponzoña. Propulsados por nuestro ego, ni Tarpak ni yo dudamos un momento en llegar al fondo de aquel turbio asunto, deseando a su vez que trascendiera para luego, aprovechando nuestra momentánea fama, influyésemos como un ejemplo en jóvenes de cualquier parte.

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Afortunadamente tardamos muy poco en toparnos con uno de aquellos salvajes que intentaban secuestrar seres vivos para fines aún desconocidos. Recuerdo cómo Tarpak usó nuestra pelota de goma para aturdir al susodicho con un impacto tan fuerte y seco que cayó al suelo. Llegaba mi turno, momento para acercarme al individuo y ladrarle lo suficiente para convertirme en un perro peligroso, amenazador, una acción que sólo buscaba asustar e inmovilizar. Así le daba a Tarpak la posibilidad de atarlo de manos y pies para evitar que se diese a la fuga. Debo hacer énfasis en que uno de nuestros objetivos era acabar con el maltrato animal, así que lógicamente tampoco maltratábamos a nuestros enemigos, evitando al máximo la violencia, lo que a su vez serviría para perfeccionar el mensaje que deseábamos lanzar. Conforme avanzábamos en nuestra investigación, Tarpak se topaba con situaciones más complejas, donde varios individuos armados con pistolas aturdidoras y drones voladores intentaban cortarnos el paso. Afortunadamente él usaba su técnica especial, un lanzamiento en cámara lenta que le permitía impactar en varios objetivos durante un corto lapso de tiempo, algo que posiblemente os recuerde a un disparo múltiple visto en una conocida historia de vaqueros. Estos ataques, sumados a su control del arte del desplazamiento, eran las mejores bazas de mi amigo. Desgraciadamente no fueron suficientes para alcanzar la fama que anhelábamos.

Tarpak y yo tuvimos una oportunidad y no supimos aprovecharla, derivando en que nada de lo que hicimos transcendió más allá de unos pocos que escucharan por casualidad nuestra aventura
Durante nuestra aventura por variopintas localizaciones que incluían urbes, montañas, glaciares, polígonos industriales y cuevas subterráneas, mi compañero, por alguna razón que todavía no logro entender, se olvidó de nuestra comunicación a través del idioma de signos. Una práctica que, utilizada como algo normal en nuestro día a día, podría habernos servido para mejorar la comunicación entre ambos, logrando así más protagonismo para Tarpak, la parte humana de nuestra sociedad, y así recuperar algo de su carisma, olvidado en casa aquella mañana. Cuando hablaba no gesticulaba, sus movimientos se volvieron toscos y poco precisos, no era capaz de seguirme cuando yo avanzaba, algo que a mí no me costaba dada mi naturaleza. Nuestra pareja necesitaba un líder y no se puede decir, aunque me duela, que él ejerciese como tal. Para colmo, no fue capaz de hacer brillar su parkour por la baja exigencia de la mayoría de emplazamientos, tampoco se vió obligado por la escasa resistencia de los generales que la compañía Cornish, empresa detrás de todo el entramado de secuentro de perros, envió para acabar con nosotros.

Debido a su apatía, no me quedó más remedio que convertirme en su sombra, incluso asumiendo el papel protagonista. Le apoyé en sus ataques, salté sobre nuestros adversarios distrayéndolos para facilitar la tarea a Tarpark… ¡hasta le marqué el camino a seguir y le señalé dónde se encontraban unos documentos que fui encontrando por nuestro camino! Reconozco que disfruté mucho de aquella aventura. Por lo que me transmitieron aquéllos a los que salvamos, daba gusto verme actuar, escuchar mi entrecortada respiración, el chasquido de mis jadeos, cómo localizaba objetos enterrados y seguía los olores cuando nos encontrábamos bloqueados en algún punto. De algo me sirvió el entrenamiento previo, permitiéndome detectar el rastro de lo que fuera con tal de avanzar hacia la meta.

Un éxito que pasaba por deshacernos de aquéllos que vigilaban las jaulas de nuestros futuros amigos: un ejército de varios tipos de centinelas, oficiales y enormes brutos —más difíciles de tumbar—. Paralelamente hicieron acto de presencia nubes de mosquitos agresivos poco amantes de la compañía de extraños, modificados genéticamente por aquellos científicos que, cómo no, tampoco iban a situarse de nuestro lado. Afortunadamente no necesitamos demasiado para acostumbrarnos a la manera de actuar de unos adversarios cortados por el mismo patrón, sin embargo no pudimos controlar una serie de factores con los que que jamás hubiésemos contado. Asumo que tanto Tarpak como un servidor jugamos en nuestra propia contra, debido a la deficiente planificación que llevamos a cabo para llegar al final de la investigación.

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Reconozco que ya por aquel momento percibí precipitación en nuestros actos. Estoy completamente seguro de que si hubiésemos dedicado más tiempo al entrenamiento habríamos conseguido un mayor alcance mediático, algo que deseábamos cuando comenzamos nuestra heroica andadura, consecuencia de una previsible mejoría en todos los aspectos externos que nos acompañaron aquellos días. Apostaría todas mis raciones de comida para una semana a que hubiésemos escogido mejor las zonas de actuación, de forma que nuestras opciones y posibilidades fuesen más sencillas de ejecutar. Incluso he deseado enérgicamente que nuestros enemigos hubiesen mostrado más inteligencia, resultando así nuestras acciones más meritorias, lo que derivaría en una mayor repercusión pública. También desearía borrar de mi memoria aquel bicho desagradable que nos obligó a retroceder en varias ocasiones y eché en falta algunas indicaciones en ciertos momentos del recorrido, provocando que perdiéramos más tiempo del deseado en algunas zonas, sin significar esto que no lográramos dar fin a lo que se convirtió en una pesadilla que se hizo eterna, pero que no duró más de seis horas.

Una mala jugada que comenzó como un sueño, como una ilusión rebosante de confianza, derivada del apoyo de aquéllos que creían en nosotros. Nos movimos deseosos de retornarles ese amor en forma de mensaje a favor de los animales y en contra del maltrato. Tuvimos una oportunidad y la desaprovechamos, derivando en que nada de lo que hicimos transcenderá más allá de unos pocos que escuchen por casualidad nuestra aventura y que difícilmente serán capaces de llegar al final, invadidos por la desesperación de no entender cómo pudimos hacer un trabajo tan deficiente. No les quito la razón, es una verdad de la que no logro deshacerme. A día de hoy sigo viajando al pasado, reconstruyo aquellos pasos dados buscando devolver cada cosa a su lugar. Es tal el impacto que ejercieron en mí aquellos días que, en ocasiones e inesperadamente, se me aparecen buenos recuerdos, quizás resultado de una porción luchadora de mi subconsciente que desea brindarme un respiro entre tanta frustración. La culpa fue nuestra, no deberíamos haber cargado con aquella responsabilidad. Sólo espero que cuando mis fantasmas vuelvan a atormentarme, esta narración se transforme en un escudo forjado por la esperanza de que los próximos Tarao y Tarpak se conviertan en verdaderos héroes ejemplares, y no en una triste caricatura de sí mismos.