Crítica
2 octubre, 2017
Uncharted: El legado perdido
Aquí yace Nathan Drake

Uncharted: El legado perdido

por Alejandro Patiño

Resultaba difícil imaginar el camino de la franquicia ‘Uncharted’ tras el final de una cuarta entrega en la que nuestro queridísimo Nathan Drake colgaba definitivamente las botas de experto cazatesoros. Decía en el decimotercer número de GameReport que Nathan Drake es la mitad de sus juegos, como si, en cierta manera, la personalidad de ese simpático bromista en camiseta permeara a todos y cada uno de los elementos de cualquier ‘Uncharted’. No en vano, los títulos de la saga siempre han girado en torno a su protagonista; no sólo construyendo historias conducidas por los personajes —y sobre todo por Drake—, sino salpicando la jugabilidad con todo tipo de quejas, chanzas y bravuconadas que incitaban a convertirse en Nate, a jugar como entendíamos que el propio Drake lo haría.

‘Uncharted: El legado perdido’ llega para despejar las dudas de continuidad que tras un final tan concluyente como el de la cuarta entrega pudieran quedar. Planteado inicialmente como un DLC, la idea de Naughty Dog fue ampliándose, volviéndose cada vez más ambiciosa, hasta llegar a generar tanto contenido como para ser algo a medio camino entre una nueva aventura ‘Uncharted’ y una expansión de contenido. Lanzado finalmente como un juego individual que puede ser jugado sin una copia de ‘Uncharted 4’, ‘El legado perdido’ responde también a una de las dudas más serias que se hacía el fandom. ¿Qué ha sido de Chloe?

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Antiguos botines, renovadas ladronas

Está bien. Confesaré. La señorita Chloe Frazer nunca ha sido de mis personajes favoritos de la saga, tal vez porque su personalidad muestra ciertos matices antagónicos, que rompen con fiereza el talante idealista y soñador que destila la franquicia. En palabras de Naughty Dog, Chloe debía representar el lado oscuro de Nathan Drake en una segunda entrega en la que querían imprimirle al personaje una dosis de oscuridad que contribuyera a dotarle de mayor realismo, mayor credibilidad. Nate no podía abandonar su fina ironía y su carácter jocoso y socarrón, porque era su manera de conectar con el jugador, pero al mismo tiempo debía tener un pasado más oscuro, desvergonzado, canalla; que le diera al personaje las sombras suficientes para combatir esa luz que irradiaba. Drake y Frazer habían sido socios y amantes en el pasado, actuando como ladrones poco corrientes, mercenarios capaces de meterse en un trabajo sólo por dinero y hacer todo lo necesario para completarlo con éxito. Durante todo ‘Uncharted 2’, Nathan está en medio de dos mujeres de tremenda fortaleza y extraordinario carácter que, en cierto modo, batallan para arrastrar a Drake a su lado; no tanto de un modo sentimental como indudablemente emocional. Mientras Elena tienta a Nate con ideales de justicia y cordura, Chloe despierta su faceta más arriesgada, interesada e incluso en ocasiones, aparentemente dura y fría. Y digo aparentemente porque este ‘El legado perdido’ se convierte en el mejor de los escenarios para que podamos conocer a la verdadera Chloe, para que entendamos sus motivaciones y veamos qué hay bajo esa oscura fachada.

‘El legado perdido’ se convierte tanto en una nueva aventura como en un viaje de presentación de sus personajes

Al poco de empezar el juego, la cinematográfica narrativa típica de la franquicia hace su trabajo y se nos presenta una historia que no nos sorprenderá lo más mínimo: el McGuffin en forma de objeto místico maravilloso de marras, la ciudad perdida de turno, los malos que también andan tras sus secretos y una relación entre dos personajes que se asocian para conseguir el botín. Y aquí radica tal vez, la primera novedad que nos encontramos: nuestra compañera Nadine Ross es una vieja conocida de la cuarta entrega, pero es la primera vez que Chloe y ella van a trabajar juntas. No se conocían de antes; a diferencia del resto de capítulos de la franquicia, donde podemos observar una relación de tutelaje entre Victor Sullivan y Nathan Drake. Chloe y Nadine tienen todo el juego por delante para conocerse la una a la otra, y a través de esa relación, darse a conocer también al jugador. Lo que pudiera parecer baladí, se convierte en un aspecto capital de este capítulo en el que no contamos con Drake. Enseguida nos damos cuenta de que, a pesar de haberla visto en dos títulos, apenas sabemos nada de Chloe, y que ‘Uncharted 4’ tampoco nos contaba demasiado acerca de Nadine. ‘El legado perdido’ se convierte tanto en una nueva aventura como en un viaje de presentación de dos personajes que apenas conocíamos, convirtiéndose este aspecto en el gimmick necesario para hilar una nueva aventura al estilo ‘Uncharted’, pero también en todo un globo sonda que permitirá a Naughty Dog comprobar la reacción de su público con un cambio de personaje tan agresivo.

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La India de Hoysala, Halebidu y Belur

Pero si los personajes son de capital importancia en cualquier ‘Uncharted’, no es menos importante el marco en el que se ubica la búsqueda. No nos engañemos, a la hora de vivir aventuras, lo mejor es introducirse en exóticos paisajes, por lo que la India era una opción tan evidente como acertada. Cuna de antiguas civilizaciones y una mitología enrevesada repleta de verdades a medias, oscuras traiciones divinas e insondables secretos místicos, la India aporta a la aventura una variedad suficiente de escenarios y situaciones, si bien es cierto que en este aspecto no puede competir con otros títulos de la franquicia que exploran varias localizaciones alrededor de todo el globo. Con todo, es imposible negar que ‘El legado perdido’ pone en pantalla algunos de los escenarios más bonitos de la franquicia. Y también algunos de los más grandes; muy especialmente el del capítulo 4, Los ghats occidentales, que viene a emular lo sucedido con Madagascar en ‘Uncharted 4’, pero añadiendo mayor énfasis en todas y cada una de las posibilidades que un mundo semiabierto puede brindar a una franquicia como ‘Uncharted’.

El escenario funciona porque no se siente vacío y brinda una sensación de estar explorando a nuestro aire

La primera vez que vislumbramos los ghats occidentales, nos damos cuenta de su magnitud. El escenario más grande visto jamás en un juego de la saga alberga casi la mitad de los secretos que debemos descubrir en todo el título, incluyendo los tesoros, sí, pero también conversaciones opcionales, fotos y cajas de seguridad. A pesar de que los límites están marcados por atrezzo demasiado evidente —como arbustos insuperables o cataratas altísimas— la sensación de libertad de la que podemos disfrutar es algo sin precedentes en la franquicia ya que, a diferencia de Madagascar, los ghats occidentales sí albergan tareas opcionales además de permitirnos visitar diversas zonas en el orden que queramos. Al mismo tiempo, también otorga cierta libertad a la hora de afrontar los numerosos tiroteos derivados de asaltar los puestos de vigilancia enemigos que salpican toda la zona, ya que podemos dar un rodeo e intentar encontrar el punto menos vigilado para adentrarnos en estas áreas con sigilo. El escenario funciona porque no se siente vacío y porque brinda una sensación de estar explorando a nuestro aire, en lugar de sentirnos atados al clásico pasillo que tan bien funciona en los juegos de la franquicia.

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Mundo abierto vs. desarrollo cinematográfico

Tal vez sea este pasillo uno de los aspectos que más echamos de menos en ‘El legado perdido’. No porque no esté presente —hay otros ocho capítulos en los que se apuesta por la fórmula clásica de la franquicia—, sino porque queda demostrado que el foco no está puesto sobre él. ‘Uncharted’ se mueve mejor en las distancias cortas, en los tiroteos planificados y los planos espectaculares. En medir al milímetro las coberturas y en buscar ofrecer siempre el reto necesario para poner al jugador en tensión, para que sienta que de verdad está viviendo una aventura. Y cuando puedes dar un rodeo y afrontar los tiroteos de la manera más ventajosa, una parte de esa magia se pierde. No tanto porque tengamos una ventaja que facilite las cosas, sino porque esa sensación de estar pasándolas canutas y no tener otra opción que afrontarlo con toneladas de balas queda dispersa entre las opciones que otorga el sigilo, que se convierte, sin lugar a dudas, en el arma más efectiva de todo el título. Y no es que las mecánicas sean insatisfactorias o no estén bien implementadas, de hecho funcionan de maravilla, pero lo hacen a costa de una espectacularidad que siempre fue la mayor bandera de la franquicia.

Puede que los juegos de ‘Uncharted’ siempre hayan sido algo tramposos, que se hayan movido con frecuencia entre el recargado artificio y el script impostado, pero no es menos cierto que su fórmula siempre ha funcionado, haciendo sentir al jugador que estaba viviendo la mayor de las aventuras, poniéndole contra las cuerdas y logrando que sintiera haber superado todo contratiempo, incluso magnificando sus gestas con esa cutscene semijugable. Y ahí es donde la franquicia brilla, y aunque se agradece un movimiento en otra dirección, es imposible evidenciar que no funciona igual de bien que la fórmula clásica.

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Olvidando a Drake

Una fórmula que sigue igual de trabajada, como decíamos al principio, en el tratamiento de los personajes. Si ‘El legado perdido’ es un juego precioso, es en gran parte por la relación que se acaba forjando entre una Chloe que está sencillamente espectacular y una Nadine cuyo interés empieza muy abajo, pero acaba por romper con cualquier prejuicio que pudiéramos tener en su contra —por aquello de haber sido nuestra rival en ‘Uncharted 4’— y convertirse en el personaje que más crece en todo el juego. Se trata de dos mujeres de enorme carácter, cada una con sus virtudes y debilidades. Mientras Chloe muestra el ingenio y la chispa, Nadine es pura fuerza, pero al mismo tiempo entran en juego ciertos matices de la personalidad de ambas que terminan por redondear muchísimo a los personajes. Nos sorprenderemos al ver a la dura Chloe desnudar su alma contando su pasado, y podremos entender todo el trasfondo que lleva a Nadine a aliarse con los malos en la cuarta entrega. El interés en este aspecto está muy por encima del que despierta la trama, e incluso es fácil intuir cierta intención en este movimiento, al intentar sustituir a un personaje como Drake.

‘El legado perdido’ es, en cierto modo, más íntimo que la mayoría de juegos de la franquicia; tal vez no tanto en el fondo, como sí lo es ‘Uncharted 4’, pero sí al menos en la forma. Mientras que la cuarta entrega desnuda a Drake emocionalmente a través de sutiles interacciones trabajadas con maestría, la aventura de Chloe y Nadine es mucho más directa en sus métodos, y tal vez por ello menos efectiva, pero de algún modo se las apaña para lograr que los personajes nos importen por encima de lo esperado, incluso venciendo inevitables reticencias fruto de anteriores entregas. Es cierto que el guión está, tal vez, un escalón por debajo de lo acostumbrado, pero también que sorprende en algún momento por lo grave del tono. Es fácil quedarse esperando alguna ingeniosa ocurrencia que venga a romper el mal rollo en algunos momentos tensos —algo en lo que Drake era todo un experto—, pero esos comentarios, en algunos momentos no llegan, y lo que es mejor: el cariño que para entonces ya se ha despertado por los personajes, logra que no se echen de menos. ¿Sutilidad femenina?

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Reciclaje y contenido limitado

Pero, al margen de los personajes… ¿qué ofrece este capítulo? Tal vez ése sea el mayor de los problemas que presenta ‘El legado perdido’. Este nuevo ‘Uncharted’ no es en realidad tal cosa. No podemos olvidar su planteamiento inicial como DLC, y las limitaciones derivadas de ello imponen un obstáculo difícil de salvar. El reciclaje es más que evidente, hasta el punto de hacer el viaje ciertamente relativo. Muchas de las localizaciones del juego, pero muy especialmente de los ghats occidentales, presentan tantos elementos reutilizados que bien podrían pertenecer a Madagascar. No es un problema severo, puesto que ya conocemos el trabajo de Naughty Dog y su grado de atención al detalle continúa intacto en esta entrega, que por cierto dibuja algunos de los escenarios más bonitos vistos en toda la franquicia, pero no podemos negar que muchas de las zonas visitadas nos despertarán cierta sensación de déjà vu nada agradable. Pero el reciclaje no es el único de los problemas presentes. La duración —en torno a las diez horas, algunas menos para los veloces de turno— no permite que el guión dé de sí todo lo que podría, viéndose obligado a apresurar las interacciones y a desdibujar un poco el realismo en una relación en forja como la de Chloe y Nadine. Tal vez sea esta la lacra mayor de un juego notable en el resto de apartados.

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‘Uncharted: El legado perdido’ tiene las cosas claras desde el principio: su labor es presentar a dos personajes de creciente interés que tal vez podrían reaparecer en la franquicia tras la marcha de Drake. A la pregunta de ¿es posible un ‘Uncharted’ sin Nathan Drake?, Chloe y Nadine gritan a los cuatro vientos que por supuesto, y lo hacen con un título de peso levemente lastrado por una premura y unas limitaciones impuestas por su naturaleza. Puede que el guión acuse la ausencia de Neil Druckmann, y por ello no esté a la altura de los mejores en la franquicia, y también que los tiroteos no estén demasiado inspirados. Puede que sus momentos scriptados no se cuenten entre los más memorables de una saga que ya arrastra unos cuantos, y que el mundo abierto no le siente tan bien como a priori pudiera parecer. Pero lo que no podemos negar es que Chloe y Nadine han venido fuerte, muy muy fuerte. Y esperemos que haya sido para quedarse.


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